Mi visita a la clínica: Mi experiencia con la implantología en Santiago de Compostela

Nunca pensé que llegaría el día en que tendría que buscar una clínica de implantología en Santiago de Compostela. Siempre he sido de esos que van al dentista solo cuando es estrictamente necesario, casi siempre demasiado tarde. Pero un buen día, después de meses posponiendo lo inevitable, me encontré frente al espejo observando un hueco donde antes había un diente. Y ahí supe que ya no podía seguir ignorándolo.

Lo primero que sentí fue una mezcla de resignación y miedo. La palabra implantología siempre me había sonado demasiado técnica, demasiado seria. Pero después de hablar con un par de amigos y de hacer algunas búsquedas, me di cuenta de que, si quería una solución duradera y natural, no había otro camino. Así que respiré hondo, pedí cita y puse rumbo a Santiago.

Recuerdo perfectamente la mañana de la consulta. Caminé desde el parking con esa sensación incómoda de quien no sabe exactamente qué le espera. Santiago tiene ese encanto de calles empedradas que normalmente disfruto, pero ese día ni las fachadas históricas consiguieron distraerme. Cuando llegué a la clínica y vi la puerta de cristal, sentí un pequeño nudo en el estómago.

Sin embargo, en cuanto entré, todo cambió un poco. El ambiente era tranquilo, la recepción luminosa y el personal me recibió con una sonrisa que, aunque parezca exagerado, me bajó un punto la tensión. Mientras esperaba, me puse a pensar en lo mucho que había evitado este momento. Quizá, pensé, no era para tanto.

Cuando por fin me atendieron, el especialista me explicó con una claridad impresionante en qué consistía el implante, cuánto tiempo llevaba el proceso y qué alternativas tenía. Me habló de hueso, tornillos de titanio y coronas cerámicas, cosas que nunca había imaginado tener que aprender. Pero lo hizo con una naturalidad que me fue relajando. Sentí que por primera vez entendía realmente lo que me pasaba y lo que necesitaba.

Esa sinceridad me dio confianza. Tanto, que salí de allí con un plan de tratamiento decidido y una sensación inesperada de alivio. No porque fuese agradable —nadie se entusiasma con una cirugía dental—, sino porque al fin había dejado de huir del problema.

Hoy sigo acudiendo a las revisiones en esa misma clínica de Santiago. Cada vez que vuelvo, ya sin nervios, me doy cuenta de lo importante que fue dar aquel primer paso. A veces, enfrentarse a lo que más tememos es precisamente lo que más nos ayuda a seguir adelante con una sonrisa, incluso si todavía está en proceso de colocarse.