Harina bajo los pies: el privilegio blanco de las Cíes

Descalzarse en las islas Cíes es un acto casi litúrgico. Da igual cuántas veces hayas cruzado la ría en barco ni cuántas fotografías hayas visto a lo largo de tu vida: el momento exacto en que la planta del pie se hunde por primera vez en la orilla del archipiélago te obliga a detenerte en seco. No es una arena cualquiera. No tiene nada que ver con los áridos dorados y gruesos de la costa abierta ni con los sedimentos fangosos del fondo de la ensenada; es un polvo finísimo, mineral y de una blancura deslumbrante que parece más bien harina recién tamizada sobre el borde del Atlántico.

Mi rincón predilecto para entender este milagro geológico siempre ha sido el tómbolo de Rodas, ese cordón arenoso que une las islas de Monteagudo y O Faro. Caminar por la cresta de la duna, respetando escrupulosamente los vallados de madera que protegen el barrón y la vegetación dunar, te sitúa en un mirador privilegiado entre dos mundos acuáticos: a la derecha, la violencia limpia del mar abierto y la ría; a la izquierda, la calma mansa y turquesa del lago dos Nenos. Cuando el sol de mediodía cae de pleno sobre el arenal, el reflejo es tan puro e intenso que exige entrecerrar los ojos tras las gafas oscuras, devolviendo una luminosidad caribeña que choca de frente con los pinares atlánticos que coronan las laderas.

Tumbarse sobre esa sábana blanca alarga las horas de una forma extraordinaria. A diferencia de las playas de roca o arena pesada que acumulan un calor asfixiante, aquí el grano de cuarzo pulverizado conserva un frescor sutil y suave al tacto. Puedes dejar que se deslice entre los dedos de las manos sin que queden restos pegajosos; basta una sacudida al aire para desprenderte de ella cuando decides levantarte a buscar la orilla.

Y luego está el contraste definitivo: el agua. Acercarse a la rompiente sobre la pendiente blanca y meter un pie en ese cristal líquido es una sacudida viva. El mar en las Cíes tiene una transparencia asombrosa que permite ver las ondulaciones del fondo arenoso varios metros mar adentro, pero su temperatura gélida te despierta cada fibra muscular en un segundo. Sumergirse por completo en esa corriente pura y salir después corriendo para tumbarte al sol sobre la arena cálida es el mejor reinicio biológico que conozco. La piel se seca rápido al viento de la ría, dejando una película salina brillante que acompaña la digestión de la tarde.

Cuando las sombras de los faros empiezan a alargarse y la última hora del día tiñe el blanco inmaculado con tonos dorados y ocres, sacudirse la toalla tiene algo de despedida agridulce. Disfrutar de las playas de arena blanca en Islas Cíes es un lujo efímero que te recuerda la delicadeza de los paraísos intactos: un santuario natural que no pide nada a cambio, salvo el compromiso silencioso de dejar cada grano de arena exactamente donde lo encontraste.