Caminar por el puerto de Laxe y escuchar cómo el viento se mezcla con las conversaciones de los marineros siempre fue parte de mi vida, pero no siempre pude disfrutarlo de la misma manera. Llegó un momento en que seguir una charla en una taberna con varias voces de fondo se convirtió en un esfuerzo agotador. Fue entonces cuando descubrí que hablar de aparatos auditivos Cee no tenía nada que ver con rendirse a la edad, sino con recuperar aquello que el ruido del tiempo me había ido robando.
La primera vez que probé una ayuda auditiva moderna me sorprendió que no tuviera la apariencia torpe que recordaba de otros tiempos. Nada sobresalía detrás de la oreja, nada brillaba como un dispositivo médico, nada interrumpía mi presencia social. Me senté en una cafetería frente al mar y, sin pedir a nadie que repitiera sus frases, participé en la conversación de forma natural. Escuché las cucharillas al chocar con la loza, los saludos en la barra y las risas de la mesa contigua sin sentirme desbordado.
Las nuevas tecnologías han cambiado por completo la idea de dependencia. Hoy puedo conectar mis ayudas directamente al móvil sin cables ni adaptadores extraños. Cuando mi nieto me manda un audio o mi hijo me llama desde la carretera, escucho con nitidez como si hablara a mi lado. La cancelación de ruido específica evita que una romería, un malecón concurrido o una comida familiar se conviertan en un caos sonoro. No filtra la realidad, simplemente ordena lo que escucho para que mi atención vaya a las voces y no al estruendo.
Una de las cosas que más valoro es poder sacar el máximo provecho a esos momentos cotidianos que antes se me escapaban. Una tarde en la playa de Langosteira ya no es solo un paisaje bonito, sino un conjunto de sonidos que vuelven a tener fuerza: el reventar de las olas, el chasquido de las piedritas bajo los pies, las conversaciones que se cruzan al pasear. Recuperar esos detalles no me ha hecho sentir mayor, me ha devuelto algo profundamente mío.
He descubierto que muchas personas arrastran el mismo miedo al qué dirán, como si llevar una ayuda fuese mostrar una derrota. Y sin embargo, nadie se avergüenza de ponerse gafas para leer o bastón para caminar con firmeza. Lo peor no había sido la pérdida auditiva en sí, sino el aislamiento silencioso que provoca. Dejar de intervenir en una comida familiar por miedo a malinterpretar una frase es una forma de desaparecer sin que nadie lo note.
Los modelos actuales se adaptan a la piel, al cabello y al estilo de cada uno sin imponerse. El ajuste digital permite afinar el sonido según el entorno, igual que uno escogería una chaqueta distinta para la lluvia o el sol. Si hay música en directo en una fiesta local, puedo disfrutarla sin sentir que el ruido me golpea. Si hay varias conversaciones en una mesa, distingo voces sin confusión.
Lo que antes parecía un estigma ahora es para mí una forma de autonomía. Escuchar sin esfuerzo no es un privilegio, es parte de mi derecho a seguir formando parte del mundo. Recuperar la voz de un amigo, entender un comentario dicho en broma o seguir un discurso en una celebración comunitaria me ha reconciliado con la vida social. Cuando alguien me pregunta si vale la pena probar, solo le cuento cómo volví a oír el mar tal y como lo recordaba de niño, sin tener que imaginar los sonidos que se me escapaban.