Los bulbos de la planta Allium Sativum se cultivan y utilizan en gastronomía desde hace milenios. Cocinas como la mediterránea, la asiática o la árabe perderían parte de su identidad de este condimento, utilizado en cientos de salsas, adobos, marinados, sofritos, etcétera. Además, su sabor y aroma intensos se complementan bien con preparados complejos, como el queso con ajo o los panes y mantequillas elaborados con él.
Su potencial culinario reside en la alicina que contiene. Se trata de un compuesto que aumenta el gusto picante y fuerte de los alimentos que lo acompañan, ya sean carnes, pescados o derivados lácteos. En particular, quesos como el chédar, el gouda, el ricotta o el Philadelphia elevan su perfil de sabor gracias al ajo.
Las cualidades de este alimento, al mezclarse con ciertos productos queseros, consiguen efectos sorprendentes. Además, son muchas las voces expertas que alaban el efecto del ajo sobre el quinto sabor o unami, para regocijo del paladar.
Más allá del queso, la mantequilla también se beneficia de este condimento. En gastronomías como la francesa, esta fusión es la base de los escargots o caracoles de Borgoña. Su receta no puede ser más simple: mantequilla y ajo con aderezos naturales como la sal, el perejil o las hierbas provenzales.
Otra demostración de su poder es el pan de ajo, un clásico de la cocina española que también goza de popularidad fuera de nuestras fronteras (el pain à l’ail francés y el garlic toast inglés son claros ejemplos). Su preparación tampoco tiene misterios, y ahí reside parte de su atractivo, además de su polivalencia. Porque el pan de ajo casa con pastas italianas, quesos frescos y suaves, etcétera.
De no existir el ajo, la oferta de salsas sufriría un vacío irreparable. Este ingrediente es fundamental en el chimichurri, el alioli o el pesto, por destacar solo las salsas más consumidas que dependen de este condimento.