Reúne a tus amigos alrededor de las brasas para disfrutar del auténtico festín de la carne

Hay planes que no necesitan demasiada explicación porque se entienden con los sentidos. Basta con imaginar el olor de la leña encendida, el chisporroteo de la grasa cayendo sobre las brasas y ese primer bocado jugoso que confirma que el fin de semana ha empezado como debe. En ese contexto, parrillada en Santiago de Compostela no es solo una comida, es casi una institución social que gira alrededor del fuego, la carne y la buena compañía.

Todo empieza mucho antes de sentarse a la mesa. Empieza con el aroma que se cuela por la ropa, con el sonido de la parrilla trabajando sin prisa y con esa sensación de hambre que aparece incluso aunque acabes de comer. El churrasco tiene algo hipnótico: dorado por fuera, tierno por dentro, con ese punto justo de sal que hace que no necesite más adornos. El criollo, por su parte, aporta ese toque especiado y jugoso que equilibra cada bocado y anima la conversación entre risas y comentarios inevitables sobre cuál está mejor.

Pero la parrillada no va solo de carne, va de ritual. De sentarse sin mirar el reloj, de compartir platos al centro y de hablar con la boca medio llena porque nadie quiere esperar a que se enfríe. Es el plan perfecto para grupos y familias porque no entiende de prisas ni de formalidades excesivas. Aquí nadie pide platos individuales con solemnidad; aquí se comparte, se repite y se comenta.

Hay algo muy gallego en esta forma de comer, en convertir una comida en un punto de encuentro. Da igual si es una celebración especial o simplemente un sábado cualquiera. La parrillada convierte un día normal en algo memorable. Los niños corretean, los adultos se relajan y la mesa se llena de platos que van y vienen sin protocolo estricto.

El sabor ahumado de la carne a la brasa tiene una capacidad única para quedarse en la memoria. No es solo el gusto, es la experiencia completa. La textura, el calor, el ambiente. Comer así es una forma de desconectar de la semana, de dejar los problemas aparcados y centrarse en lo inmediato: disfrutar.

Además, es un plan democrático. Siempre hay algo para todos, siempre hay margen para alargar la sobremesa y siempre queda la sensación de haber compartido algo más que comida. Por eso, cuando alguien propone una parrillada, rara vez hay negativas. Es una invitación abierta a pasarlo bien sin complicaciones.

Ese momento en el que las brasas empiezan a apagarse y la conversación sigue viva es quizá el mejor indicador de que el plan ha funcionado. La parrillada cumple su misión cuando nadie tiene prisa por irse y el recuerdo del sabor acompaña durante días, como una pequeña promesa de que el próximo fin de semana se puede repetir la historia sin demasiadas excusas.


El día que llegué tarde a la reunión familiar y terminé comiendo de menú 

Este fin de semana tuve una importante reunión familiar en Moaña. Había preparado todo con anticipación, pero por alguna razón, terminé llegando tarde a la cita. Mi GPS me llevó por caminos equivocados y me perdí en el camino.

Cuando finalmente llegué a mi destino, todos estaban disfrutando de una deliciosa comida casera que mi tía había preparado para la ocasión. Me sentí un poco avergonzado, pero al mismo tiempo hambriento. Todos habían terminado de comer y no había quedado nada para mí. Fue entonces cuando mi tía me sugirió comer de menú en Moaña en alguno de los restaurantes cercanos.

Aunque estaba un poco decepcionado de no poder probar la comida casera, estaba emocionado de explorar los sabores culinarios locales. Así que decidí seguir el consejo de mi tía y fui en busca de un buen lugar para comer.

Caminé por las calles de Moaña, buscando algún lugar que me llamara la atención. Finalmente, me topé con un pequeño restaurante de aspecto acogedor. No parecía muy elegante, pero algo en su aspecto me llamó la atención.

Entré y fui recibido por un amable camarero que me mostró mi mesa. Le pregunté por recomendaciones y él me sugirió un plato local llamado «Pulpo a feira». Nunca había probado pulpo antes, pero decidí arriesgarme.

El plato llegó a mi mesa y lo encontré delicioso. El sabor era increíble, y la textura suave y tierna. Fue una experiencia gastronómica única que nunca olvidaré.

Después de terminar mi comida, pagué la cuenta y decidí explorar un poco más de la ciudad antes de regresar a casa. Caminé por las calles, disfrutando de la arquitectura y el ambiente relajado del lugar.

Finalmente, llegó el momento de partir. Me despedí del camarero y salí del restaurante con una sensación de satisfacción y felicidad. A pesar de haber llegado tarde a la reunión familiar, había tenido una experiencia culinaria única que no habría tenido de otra manera.

Comer de menú en Moaña fue una experiencia que nunca olvidaré. Descubrí nuevos sabores y texturas que me sorprendieron, y lo hice en un ambiente amigable y acogedor. Aunque tuve que perderme en el camino para descubrirlo, estoy agradecido por haber tenido esta experiencia. Si alguna vez te encuentras en Moaña, asegúrate de hacer una parada en este pequeño restaurante. No te arrepentirás.